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ATRAPADOS POR EL SWING

Atrapados por el swing

Javier Llopis

Hay quien los califica de nueva tribu urbana. Para otros, son simplemente un grupo de personas atrapadas por la pasión común por el swing y por un estilo desenfadado de bailes que hicieron furor en los clubs nocturnos de la América de entreguerras. Durante el pasado fin de semana, el Winter Black Swing Festival de Alcoy llenó la ciudad con unos ritmos y unas estéticas, que remontan sus orígenes a la década de los años 30 del pasado siglo y que ahora hacen furor en todo el mundo. Paco Grau nos ha hecho la crónica gráfica de esta insólita cita. Un estudio reciente de la Arizona Lindy Hop Society, que propone la práctica de estos bailes en los colegios, afirma que «incrementan la autoestima, mejoran la percepción del entorno, potencian el ejercicio físico y disminuyen las dificultades de relación y comportamiento». Tal vez sea éste es el secreto del éxito de una manifestación artística, que convirtió a Alcoy en el punto de cita de más de doscientas personas procedentes de todos los puntos de España. El grupo Little Black Lindy Hop Alcoy celebraba su segundo aniversario y para festejar la ocasión organizó el denominado Winter Black Swing Festival, un encuentro en el que se combinaban los talleres de danza y la fiesta. Contaba con dos invitados muy especiales: el bailarín argentino Marcos Agote y la bailarina australian de burlesque Sharon Davis. A lo largo de tres días, los participantes en este evento compartieron experiencias y aprendieron nuevas técnicas. En la cita cabía de todo, hasta talleres de peluquería vintage; sin embargo, el plato fuerte estuvo en las sucesivas fiestas nocturnas, que contaron con grupos de música en directo y con un DJ especializado en estos estilos musicales. También hubo un baile colectivo en la Plaça de Dins. Fenómeno En España, este fenómeno llegó a finales de los años 90 de la mano de Lluis Vila, el primer profesor en inaugurar un centro en la Barcelona –el Ballaswing, que aún está abierto en el barrio de Gràcia–, al que trajo profesionales americanos. Muchos de los que ahora imparten clases fueron alumnos de este catalán. Las razones de su rápida acogida son varias, según los propios bailarines. “Te divierte y da mucha flexibilidad para ensayar nuevos pasos. Y en cuanto te apuntas a festivales internacionales, te permite viajar de forma diferente”. El lindy hop, una de las más practicadas variedades del swing, apareció en los años 20, en pleno periodo de entreguerras, en un momento en el que la población necesitaba desconectar, brincar y llenarse de energía y buenas vibraciones. De ahí su libertad de movimientos, que se debate entre los ritmos afroamericanos –fueron principalmente los ciudadanos afroamericanos quienes lo popularizaron– y el charlestón. No hay más reglas que seguir la música, guardar la conexión con la pareja (aunque no siempre) y sonreír. Al principio, como decía Frankie Manning, uno de sus mentores, la gente queda atrapada por la parte más espectacular del baile, “pero en cuanto uno entiende que hace falta dialogar con el cuerpo, controlar la técnica para llegar a interpretar y al mismo tiempo soltarse, este estilo se convierte en una escuela de vida”. Quizá esa sea la razón que ha motivado la apertura de una veintena de escuelas en toda España en los últimos 15 años y que ya haya más de 3.000 lindy hoppers españoles (se calcula que existen unos 40.000 en el mundo), principalmente en Madrid, Barcelona, Valencia y Vitoria. Alcoy se ha situado como uno de los puntos más activos de esta manifestación cultural y social a través del grupo Little Black Lindy Hop, que mantiene una programación continuada de actividades y que ha situado a la ciudad como uno de los puntos de referencia en toda la Comunitat Valenciana. Desde sus inicios, y a pesar de los vaivenes de su historia, el lindy hop ha conservado un denominador común que aún perdura hoy en día: siempre se asocia a una estética muy concreta y quienes siguen fielmente esta cultura rememoran la vestimenta y los peinados que pasearon por los clubs míticos de Harlem durante los años 30 y 40. Así, arreglarse para ir a bailar se convierte en un aliciente más para profesores y alumnos, quienes, en ocasiones, también trasladan este estilo a su imagen diaria. El swing, por tanto, también ha permitido que prolifere el negocio de la moda retro.